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Utopía, distopía, realidad: ‘El cuento de la criada’ (The Handmaid’s Tale)

Imagen de El Cuento de la Criada

La vorágine consumista sobre la que gira la sociedad occidental parece tener efectos nefastos sobre todas las esferas excepto la que nos ocupa: la dieta seriéfila. Ya son muchos los títulos que han aunado el aplauso de crítica y público en los últimos lustros, y es cada vez más evidente que la narrativa audiovisual se está desarollando de forma más elocuente y mordaz en las producciones dirigidas a la pequeña pantalla. A todos se nos ocurren ejemplos que apoyan este razonamiento. Sin embargo, esta semana no podemos evitar poner el foco en el El cuento de la criada’ (The Handmaid’s Tale en su título original, HBO), que acaba de dar comienzo a su tercera temporada.  A continuación, analizamos cómo realidad y ficción se entremezclan en uno de los dramas más perturbadores de los últimos años.

La historia se desarrolla en Gilead, un Estado autoritario, puritano y brutal que pretende solucionar la crisis de natalidad-fertilidad con un régimen del terror que obliga a las mujeres fértiles a servir en casas de las clases dominantes. Allí son violadas periódicamente, en un escenario ritualístico — la Ceremonia— y con el amparo de una moral católica tan arcaica como radical. Son principio y fin de una sociedad sádica y religiosa a partes iguales. Son las criadas.

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Ficción y realidad en `El cuento de la criada’

‘El cuento de la criada’ es una distopía, una realidad posible pero no deseable. Y si queremos, una distopía llevada al extremo. Pero, ¿estamos tan alejados de los preceptos en los que se cimenta esta sociedad ficticia? Si hay algo inquietante en la serie —basada en la novela homónima de Margaret Atwood— son los paralelismos que se dibujan entre esta República fundamentalista-cristiana y la deriva actual de Occidente.

La pátina de legitimidad que han adquirido los discursos homófobos, xenófobos y, en definitiva, de negación-del-otro nos está acercando paulatinamente a un Gilead más ligero pero igual de sobrecogedor. El auge de movimientos políticos de extrema derecha a nivel global está acelerando si cabe el proceso. Las libertades individuales básicas, directamente erradicadas en el relato de ficción, en la realidad están siendo coartadas y depuradas tanto a nivel material —con el retroceso en derechos básicos y la aprobación de leyes regresivas— como a nivel simbólico.

No es necesario prohibir la prensa ni castigar con amputaciones el mero acto de leer (¡incluso la Biblia!) como ocurre en Gilead. La realidad nos enseña que a través de la publicidad y los medios de comunicación de masas se puede dirigir al grueso de la sociedad hacia hábitos de consumo irracionales y banales, en un proceso de castración del pensamiento crítico que parece perversamente urdido por intereses que se nos escapan.

Un (necesario) giro feminista

La ficción distópica que propone la serie creada por Bruce Miller tiene, como vemos, un pie en la realidad. Pero es aquí donde resulta revelador asomarse a la otra cara del espejo. Y para ello es fructífero sacar un tomo (que nos perdone el Comandante Waterford) del filósofo alemán Ernst Bloch. El pensador marxista invirtió el cariz abstracto e inalcanzable con el que se relacionaba históricamente a la utopía —la esperanza de lo que puede llegar a ser—, colocándola como motor del desarrollo histórico de una sociedad. Si avanzamos en una dirección es porque lo deseamos. La conjura contra las desigualdades y la ampliación de derechos básicos parten de un anhelo colectivo. Es ese objetivo en común el que acaba convirtiéndose en realidad si los demás resortes sociales trabajan al compás.

‘El cuento de la criada’ es una distopía que invita a pensar en otros futuros posibles, que nos advierte de los peligros que encarna la superioridad moral del Occidente conservador. Es una distopía que pellizca al espectador, despertándolo del plácido letargo contemporáneo y empujándolo a pensar, esta vez sí, en una utopía alcanzable que nos conduzca hacia un destino deseado por todos. El giro feminista de esta tercera temporada, en la que el sector más reprimido de la sociedad de Gilead se está rebelando desde dentro, nos da pistas de cómo revertir la situación. Un giro necesario tanto en la ficción como en la realidad.

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